A clientes, amigos, grandes conocidos, les digo, y algunos saben, que tengo una gran experiencia en tecnología y electrodomésticos.
A clientes que me llaman por reparaciones, y veo lo que compraron les pregunto, ¿por qué no me llamaron por asesoramiento? ¡Si no te cobro nada!
Trato de ser amable y no mencionar la porquería que compraron, y hacerlos sentir bien, aunque me cueste.
Después de alguna reflexión de por que no me llamaban, me dí cuenta de lo poderoso que es la publicidad, y luego de lo poderosos y entrenados que están los vendedores, al servicio de los talentosos y poderosos negociadores de cultura judía.
Pero hay algo aún más fuerte, que es el impulso. El impulso de comprar. Y indagando en mi interior, y en mis lecturas apresuradas, y en mis estudios autodidactas y filosóficos, mi bagage, mi biblioteca interna descubrí que ese "impulso" está dado por algunas razones.
Una de las razones es que uno se tiene que desquitar, tiene que sublimar, tiene "eyacular" todo el esfuerzo de su trabajo en la compra de algo. Ese momento, pues, el de la compra, a algunos los lleva a sensaciones más orgiásticas que placenteras. En ese momento, íntimo, en donde uno se cree que elige, cuando ni siquiera está optando, uno demuestra su pequeño poder adquirido, es la revancha, es la alineación adquirida en este mundo donde fuimos adiestrados para el consumismo y la codicia funcional retroalimentada.
En ese momento quizás gobiernen nuestros testículos, nuestras pulsiones o nuestro ego.
Ese momento es personal (soy consciente aquí, mi estimado y profano crítico, que paso a primera persona, para que no tengas prejuicios), y nadie nos lo puede quitar, ni el mejor asesor.
Yo quería, iluso, participar de los momentos más importantes de la vida de algunas personas, sin ser consiente de ello.
Lo bueno, tiende a suceder, es lo más caro. Es preferible dosificar algunos placeres.
Hay pastores evangelistas que dicen, que en esos momentos, en que incluso nos endeudamos, interviene el mismísimo demonio. Intelectuales, sin embargo, citan al demonio del fausto. Cada vez más presente en nuestra sociedad, ese demonio no adminte nuestro mejor alegato ante la firma de nuestra alma. A nuestro mejor recurso, responde con una risa arrebatada.
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