A clientes, amigos, grandes conocidos, les digo, y algunos saben, que tengo una gran experiencia en tecnología y electrodomésticos.
A clientes que me llaman por reparaciones, y veo lo que compraron les pregunto, ¿por qué no me llamaron por asesoramiento? ¡Si no te cobro nada!
Trato de ser amable y no mencionar la porquería que compraron, y hacerlos sentir bien, aunque me cueste.
Después de alguna reflexión de por que no me llamaban, me dí cuenta de lo poderoso que es la publicidad, y luego de lo poderosos y entrenados que están los vendedores, al servicio de los talentosos y poderosos negociadores de cultura judía.
Pero hay algo aún más fuerte, que es el impulso. El impulso de comprar. Y indagando en mi interior, y en mis lecturas apresuradas, y en mis estudios autodidactas y filosóficos, mi bagage, mi biblioteca interna descubrí que ese "impulso" está dado por algunas razones.
Una de las razones es que uno se tiene que desquitar, tiene que sublimar, tiene "eyacular" todo el esfuerzo de su trabajo en la compra de algo. Ese momento, pues, el de la compra, a algunos los lleva a sensaciones más orgiásticas que placenteras. En ese momento, íntimo, en donde uno se cree que elige, cuando ni siquiera está optando, uno demuestra su pequeño poder adquirido, es la revancha, es la alineación adquirida en este mundo donde fuimos adiestrados para el consumismo y la codicia funcional retroalimentada.
En ese momento quizás gobiernen nuestros testículos, nuestras pulsiones o nuestro ego.
Ese momento es personal (soy consciente aquí, mi estimado y profano crítico, que paso a primera persona, para que no tengas prejuicios), y nadie nos lo puede quitar, ni el mejor asesor.
Yo quería, iluso, participar de los momentos más importantes de la vida de algunas personas, sin ser consiente de ello.
Lo bueno, tiende a suceder, es lo más caro. Es preferible dosificar algunos placeres.
Hay pastores evangelistas que dicen, que en esos momentos, en que incluso nos endeudamos, interviene el mismísimo demonio. Intelectuales, sin embargo, citan al demonio del fausto. Cada vez más presente en nuestra sociedad, ese demonio no adminte nuestro mejor alegato ante la firma de nuestra alma. A nuestro mejor recurso, responde con una risa arrebatada.
sábado, 29 de marzo de 2014
viernes, 14 de marzo de 2014
El pibe que tenía códigos
Capítulo I
-Delator y buchón, son sinónimos -dijo Javier.
Luego continuó.
-Claro, pero no es lo mismo delatar, que denunciar -dijo José.
-¿Como es eso?
-Para explicarlo te contaré una historia:
Pablo era un pibe de barrio. Aprendió códigos de barrio. No había terminado el secundario. Todos lo querían. Pero siempre en el barrio hay uno que te tiene mucha bronca, es inevitable, casi para todos los seres. Aún así, en general, Pablo se consideraba muy querido. Claro está, cuando uno es muy querido les es muy difícil, a los que te tienen bronca, exteriorizar la misma. ¿Todos debemos tener un enemigo inevitablemente? Siempre hay conflictos de intereses, aunque sea mínimos. No los llamemos enemigos, llamemoslos, en el sentido más cristiano posible, gente que no nos tiene simpatía, gente que se mostraría indiferente si nos ve ahogándonos en un río, gente que tardaría, en el mejor de los casos, 1 hora en traernos el salvavidas, solo si alguien pudiese juzgar su omisión.
Era el barrio de mataderos, dónde los árboles se sentían queridos, porque los chicos aún jugaban a las escondidas, y los utilizaban de escondite. En ese entonces las podas no eran tan tajantes, y aún se podía trepar a los árboles frondosos y perderse en sus ramas Se podía también sentir un aroma rancio en las tardes, cuando el viento venía del suroeste.
A Pablo, de chico, Jorge le rompía los autitos. Pero no lo hacía adelante del pequeño e inocente Pablo. Ya de chico Santiago había adoptado estrategias en las cueles le sacaba alguna ruedita de tal manera que Pablo se daba cuenta a la semana, o a los quince días. Pablo reflexionaba entonces acerca de quién había sido el culpable, y esto le consumía mucho a su cerebro. ¿Había sido el hermanito de Leo cuando vino a casa? ¿Tal vez el lo piso sin darse cuenta?
Pero Jorge tenía ese capacidad cínica, de no ser descubierto en el momento, de quizás pasar inadvertido, esa actitud un poco de cobarde ... Esa capacidad, el sabía, generaba más dolor en su víctima.
Pablo entonces, al descubrirlo sentía un gran dolor, una puñalada en el estómago, su flamante y lindo autito nuevo, con rueditas de goma, ya no tenía una rueda.
Pero una vez, ya un poco más grandes, Jorge le mató a Pablo un gatito, y Pablo se enteró de ello. ¡Qué maldad por Dios! Pensaba entonces ¿a quien contárselo? No pensó demasiado, llorando, en comunicar la triste noticia a su padre. Su padre, al menos el lo recordaba así, no se ocupó demasiado del asunto.
Pero el jóven Pablo no podía decir el nombre de Santiago a nadie más, ya que tenía códigos. Aún cuando sabía que había sido él con certeza, aún cuando tuvo la primer dicha de su vida, la dicha de conocer a su enemigo. Aún así no podía ser buchón, aunque el mismo fuese la víctima. Nadie se había tomado el trabajo de escribir los códigos de barrio, y así como uno desconoce los 10 mandamientos, el Ave María o algunos la tabla del 8. Y también así, como uno desconoce algo escrito, que se pudiese encontrar en internet, algo no escrito, como el "código de barrio", se desconoce aún más y pocas veces se debate su reglamentación.
Pablo era víctima, y aún así, prevalecía el código de no delatar las travesuras del otro.
Continuará ...
-Delator y buchón, son sinónimos -dijo Javier.
Luego continuó.
-Claro, pero no es lo mismo delatar, que denunciar -dijo José.
-¿Como es eso?
-Para explicarlo te contaré una historia:
Pablo era un pibe de barrio. Aprendió códigos de barrio. No había terminado el secundario. Todos lo querían. Pero siempre en el barrio hay uno que te tiene mucha bronca, es inevitable, casi para todos los seres. Aún así, en general, Pablo se consideraba muy querido. Claro está, cuando uno es muy querido les es muy difícil, a los que te tienen bronca, exteriorizar la misma. ¿Todos debemos tener un enemigo inevitablemente? Siempre hay conflictos de intereses, aunque sea mínimos. No los llamemos enemigos, llamemoslos, en el sentido más cristiano posible, gente que no nos tiene simpatía, gente que se mostraría indiferente si nos ve ahogándonos en un río, gente que tardaría, en el mejor de los casos, 1 hora en traernos el salvavidas, solo si alguien pudiese juzgar su omisión.
Era el barrio de mataderos, dónde los árboles se sentían queridos, porque los chicos aún jugaban a las escondidas, y los utilizaban de escondite. En ese entonces las podas no eran tan tajantes, y aún se podía trepar a los árboles frondosos y perderse en sus ramas Se podía también sentir un aroma rancio en las tardes, cuando el viento venía del suroeste.
A Pablo, de chico, Jorge le rompía los autitos. Pero no lo hacía adelante del pequeño e inocente Pablo. Ya de chico Santiago había adoptado estrategias en las cueles le sacaba alguna ruedita de tal manera que Pablo se daba cuenta a la semana, o a los quince días. Pablo reflexionaba entonces acerca de quién había sido el culpable, y esto le consumía mucho a su cerebro. ¿Había sido el hermanito de Leo cuando vino a casa? ¿Tal vez el lo piso sin darse cuenta?
Pero Jorge tenía ese capacidad cínica, de no ser descubierto en el momento, de quizás pasar inadvertido, esa actitud un poco de cobarde ... Esa capacidad, el sabía, generaba más dolor en su víctima.
Pablo entonces, al descubrirlo sentía un gran dolor, una puñalada en el estómago, su flamante y lindo autito nuevo, con rueditas de goma, ya no tenía una rueda.
Pero una vez, ya un poco más grandes, Jorge le mató a Pablo un gatito, y Pablo se enteró de ello. ¡Qué maldad por Dios! Pensaba entonces ¿a quien contárselo? No pensó demasiado, llorando, en comunicar la triste noticia a su padre. Su padre, al menos el lo recordaba así, no se ocupó demasiado del asunto.
Pero el jóven Pablo no podía decir el nombre de Santiago a nadie más, ya que tenía códigos. Aún cuando sabía que había sido él con certeza, aún cuando tuvo la primer dicha de su vida, la dicha de conocer a su enemigo. Aún así no podía ser buchón, aunque el mismo fuese la víctima. Nadie se había tomado el trabajo de escribir los códigos de barrio, y así como uno desconoce los 10 mandamientos, el Ave María o algunos la tabla del 8. Y también así, como uno desconoce algo escrito, que se pudiese encontrar en internet, algo no escrito, como el "código de barrio", se desconoce aún más y pocas veces se debate su reglamentación.
Pablo era víctima, y aún así, prevalecía el código de no delatar las travesuras del otro.
Continuará ...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)